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“VANITAS HUAMANA, MISERIAE HUMANAE”

Manuel era un joven de mi congregación, con buena aptitud hacia las matemáticas. Lo he llamado de esa forma aunque su nombre real era otro.
Ocurre que a muchos de nosotros nos ayudó en reforzamiento de materias escolares, de acuerdo a sus conocimientos. No cabía duda que su porvenir estaría en la docencia, ya que comentaba que deseaba postularse a la Universidad de Chile a pedagogía en matemáticas. Este sujeto sin embargo era bastante vanidoso, gustaba de lucir ropa de marca, o tecnologías de primer nivel, ante nosotros, casi todos miserables mortales. Apoyado por su padre obtuvo una buena bicicleta, por lo cual nos invitaba a subir al cerro San Cristóbal y hacer competencia de velocidad, del cual siempre resultaba ganador. Algunos de nosotros ni siquiera teníamos una buena bicicleta, eran verdaderos catres oxidados con ruedas, otros las arrendaban, simplemente por horas. Pero como eran distracciones de jóvenes, lo pasábamos bien, disfrutando de nuestros alegres años de juventud, pasando por alto la vanidad del susodicho Manuel.

Fue una sorpresa cuando terminada la educación secundaria, el joven Manuel no salió bien parado del examen de ingreso previo a la universidad. Ante la eventualidad, este muchacho hipotecó su futuro acercándose a los altos mandos de la Wachtower para pedir un cargo ministerial. Lo anterior no me consta, pero lo deduzco por los acontecimientos que siguieron. Un buen día anunciaron desde la plataforma que este joven estaría a cargo de un departamento nuevo, creado ad-hoc para su vanagloria, un puesto sin ningún requisito previo ni responsabilidad mayor.
A menudo me pregunté sobre los detalles de este cambio de rumbo en su vida, sin encontrar respuesta. Ahora también lo hago, y no me queda duda que este joven buscaba gratificar su ego y su vanidad, porque dentro del grupo humano de Testigos de Jehová se da con frecuencia el hecho de que gente sin mayor mérito, ni educación pueden verse gratificados con puestos de responsabilidad en los cuales pueden vanagloriarse de dirigir las voluntades de muchas personas. Quizás una analogía al síndrome de Dunning-Kruger.

El llamado efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo, según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, incorrectamente midiendo su habilidad por encima de lo real.

En un grupo humano como la de los Testigos de Jehová, en donde la educación superior está desincentivada, proliferan los oportunistas o aquellos que desean dar satisfacciones a su vanidad.

Vanidad es sinónimo de presunción, envanecimiento, arrogancia. La palabra proviene del latín: “vanitas”, que significa: cualidad de vano. En ese sentido, la vanidad puede hacer referencia a la actitud de alguien que sobrevalora sus propias habilidades, atributos y conocimientos, y en consecuencia, desarrolla un concepto de sí mismo tan exagerado, que se cree superior a los demás, se jacta y vanagloria frecuentemente en actitudes o de palabra. De allí que la persona vanidosa sea considerada engreída o incluso soberbia.

En todo grupo social estratificado es posible detectar personas vanidosas, las cuales se valen de su puesto, en categorías dentro del grupo para envanecerse y demostrar una hipotética superioridad, como es el caso en el grupo religioso de los Testigos de Jehová, en donde los cargos de “siervos ministeriales”, “ancianos”, “superintendentes” o “Cuerpo Gobernante” constituyen la forma de escalar posiciones y categorías de responsabilidad. El caso más emblemático fue Joseph F. Rutherford.

El Cuerpo gobernante, que se hace llamar “El Esclavo Fiel y Discreto” conoce muy bien los puntos débiles de las personas dentro del grupo de las congregaciones, la mayoría de ellas, personas con escasa formación académica. Debido a eso y a la falta de cultura social, las personas con algún cargo dentro del grupo pueden caer fácilmente en episodios de vanidad. Cada uno de nosotros lo hemos percibido en mayor o menor medida. Basta con nominar a un hermano a un puesto, en el cual tendrán alguna facultad, para que se vea una transformación en su modo de ser, actuando a veces en forma prepotente.
Nuestra vanidad nos lleva a desarrollar cierta aversión respecto de los acontecimientos, especialmente aquellos que no se amolda a los que nos gustaría, pasamos entonces a pelear contra la realidad y a sustituirlas por nuestras ideas. En un determinado momento, pasamos a creer que nuestros puntos de vista corresponden a la verdad sobre algún tema personal cuando tenemos el respaldo de la organización estratificada y deseamos demostrar ante otros nuestro valer. De esa forma, cuando las personas con algún cargo deben juzgar alguna conducta o situación son llamados a actuar de jueces, ante la falta de formación académica, las personas vanidosas interpretan la justicia con su personal modo de ver las cosas, inclinando la balanza no hacia la misericordia, sino a la justicia.

Se cuenta de Don Pedro II, emperador de Brasil, que compadecido de ver tantos pobres que andaban tirados por las calles, o morían abandonados en míseras casuchas, formó el propósito de levantar en Rio de Janeiro un gran hospital, para poder dar cabida a todo necesitado. Para esto acudió a los buenos sentimientos de su pueblo. Pero el pueblo no respondió al llamamiento como el esperaba, y los ricos se hicieron de oído sordo.
¿Qué hizo entonces el Monarca?, conociendo los deseos de los rico plebeyos en acceder a un título nobiliario, mandó proclamar un pregón en el cual se invitaba a todos los que aportaran una cantidad considerable de dinero, para fines benéficos, serían condecorados por el Emperador con títulos nobiliarios de marqueses, duques y condes, según fuese la cantidad del donativo. Además todos los oferentes serían homenajeados en una Gran Placa de Mármol en el frontispicio del nuevo hospital de beneficencia.
Pronto se llenó la lista y levantar el hospital fue ya cosa de poco tiempo. El día de la inauguración fue grande la expectación por ver la Gran Placa de Mármol cubierta con un terciopelo rojo, colocada en la parte central del frontispicio.
Cando Don Pedro II develó la placa, todo el pueblo pudo leer estas palabras en letras de oro:

“VANITAS HUMANA, MISERIAE HUMANAE”

que traducidas del latín significa: “La Vanidad Humana a la miseria humana”
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Rubén Echeverría Lastarria

Bibliografía: P. John B. Lehmann

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